Todo está padrísimo, sólo falta que digan cómo.

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Hay tradiciones que deberíamos desechar de inmediato.Pedro Alonso

Hace muchos años no asisto a una Convención Bancaria. Cuando lo hice fue por temas laborales que hacían necesaria mi presencia de una u otra forma. En los años recientes no la he seguido y creo que en general, no me ha hecho mucha falta. En la de este año –la número 78, según quienes llevan la cuenta– me di tiempo para leer algunas notas y ver y escuchar ciertos discursos, hoy que la tecnología y la evolución de usos y costumbres, permiten asistir en vivo y en directo a casi todos los eventos de este tipo y verlos cuantas veces sea necesario para precisar algunos pasajes, cuando es el caso.

El formato de los discursos es el mismo de siempre: alabanza a las autoridades, exaltación de la actuación de la banca, señalamiento de las grandes oportunidades que se le presentan a México y claro, la tan gustada sección de menciones a las reformas estructurales y sus virtudes, en especial por razones obvias, a la del sector financiero, que a decir del presidente Peña partió de dos elementos: la solidez de la banca en México y su relativamente baja contribución al desarrollo.

En este sentido la propuesta del gobierno es que entre ahora y el 2018, el crédito bancario pase del 29% del PIB al 40%, partiendo de la idea que la banca tiene que prestar más y a tasas menores y que en otros países la relación mencionada alcanza el nivel de 50%. Si lo anterior ocurre o no, está por verse, pero en principio no resulta demasiado complicado dado que el crédito normalmente ha crecido a una tasa muy superior a la del PIB en los años recientes y este último no ha sido muy dinámico que digamos.

Agregaría un par de observaciones más, alrededor de este buen deseo –porque por el momento pienso no es más que eso. La primera es que prestar más a menor costo, para que realmente tenga sentido, tendría que incluir también la condición de hacerlo a un universo de posibles acreditados mayor que al que ahora se alcanza, pues de otra forma se seguiría abonando a favor de la inequidad.

La segunda, si lo anterior tiene sentido, es que prestar más a menor costo supone hacerlo con una parte del mercado que hasta hoy no ha participado en la actividad bancaria, o al menos no en la parte del crédito, lo que implicaría prestarle a sectores de la población con menor calidad crediticia, lo que se traduce en mayor riesgo para el acreedor que naturalmente compensa esta condición con mayores garantías y tasas más altas o una combinación de ambos elementos. Como sea, pero preferiría conocer los planes de instrumentación del deseo.

También llamó mi atención la admisión formal –por parte del presidente Peña– de la menor capacidad de ingresos que ahora tiene el país y la necesidad de plantear un menor presupuesto para 2016, lo que desde hace mucho compartí con usted en este espacio y que se ha convertido en un secreto a voces desde hace algunas semanas.

La situación anterior más allá de sus efectos obvios, la enmarca el presidente en la idea de mantener las finanzas públicas en orden y en la de “hacer más, con menos”, lo que suena bien. Sin embargo hay que señalar que “hacer más con menos” implica un esfuerzo para aumentar la productividad, término que con todo respeto, pienso no existe en el diccionario del Sector Público.

Aumentar la productividad de una entidad como el aparato del gobierno mexicano va mucho más allá de la famosa “disciplina fiscal” y desde luego del tan llevado y traído “presupuesto base cero” o de cualquier otra técnica presupuestal y de planeación que se quiera, que por supuesto no son más que herramientas. Es cuestión de filosofía y principios, así como de voluntad política, que por lo menos hasta ahora, no las he visto más que en los discursos “oficiales”.

El discurso presidencial omitió temas necesarios para que la función de la banca y la operación financiera en general –y todo lo demás que supone la vida “normal” del ciudadano– se realice de manera eficiente y para que pueda aportar y mejorar a la sociedad, mismos que mencionó puntualmente en su discurso el presidente de la Asociación de Banqueros de México (ABM), Luis Robles Miaja: violencia, crimen organizado, respeto al estado de derecho, corrupción, impunidad, falta de desarrollo institucional en el gobierno, falta de transparencia, pobre rendición de cuentas, informalidad, baja productividad, inequidad, mala educación, etc.

El presidente de la ABM terminó esta parte de su discurso diciendo que éstos “no son temas menores”. Hágame usted el favor. Pero por lo menos los citó. Por cierto, en las economías en donde el crédito es 50% o más del PIB, los temas anteriores, están bastante acotados o son prácticamente inexistentes.

Suerte.

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