¿Por qué el “accidente”?

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Los mercados encontraron el martes una zona de soporte, después de un inicio ciertamente violento y preocupante que hacía eco de lo ocurrido en Europa y Asia. Pero como suele ocurrir, las cosas en los mercados –y en general– después de un rato de locura toman algún respiro, antes de decidir el siguiente movimiento. No hay que confundir esta situación con que se acabó el nerviosismo, la volatilidad y la convicción de un sector de los participantes por vender. No es “la pausa que refresca” y me niego a usar el lugar común de que lo que tenemos en estos días y quizá por una temporada, es una “sana corrección” o cualquiera de los eufemismos que se usan por muchos, para tratar de que sus clientes no se asusten demasiado y se lleven su dinero a otra parte.

Sé que los mexicanos somos gente de “oídos delicados” –por eso, dicen, el uso de diminutivos, exagerado a veces–, pero no se vale mentir. Una baja es una baja y siempre es fea y en este caso, es horrible. Por lo menos los mercados respetaron los parámetros técnicos que ayer comenté y con ello dan un cierto alivio y tiempo –poco– para pensar. Los mercados de Asia, en la noche del martes tienen mejor pinta; no es un alza generalizada y fuerte, pero al menos el Nikkei japonés sube 1.4%, el ASX 200 australiano lo hace en 0.85% y el Hang Seng de Hong Kong lo hace en 1.3%; aun no cierran. Supongo que Europa también tendrá el miércoles una mejor jornada que las de lunes y martes.

Por su parte, el rendimiento del bono estadounidense de diez años corrigió su trayectoria agresiva, como la califiqué ayer y regresó hasta el nivel de 277 pb, donde cerró, si bien en la operación intradía llegó hasta un mínimo de 274 pb, acercándose al objetivo de 270 pb que mencioné ayer. Ahora habrá que ver si los mercados retoman la tendencia alcista, pero por lo pronto, supongo que tendremos una zona de volatilidad y una trayectoria difícil de definir, en el corto plazo.

Ayer escribí que lo que tenemos enfrente es un “accidente anunciado” –es el título que puse a la columna– y si así es, entonces hay que averiguar por qué sucede y no quedarme con la idea de que el “accidente” es eso y nada más. Además, no es un “accidente” menor. Entender un poco más de los elementos involucrados en el asunto y ver si hay alguno que realmente pueda explicar o señalar una causa de fondo que pueda causar otros “accidentes”, creo que es lo que procede.

Hace unos días, en una junta del Comité de Riesgos que presido en una institución financiera donde soy miembro del Consejo de Administración, pedí a los participantes que se esforzaran en encontrar esos riesgos que no vemos o que el área de riesgos de la institución no ve, pues es obvio que por más duchos que sean, no lo pueden ver todo. Un par de días después, dándole vueltas al tema del riesgo operacional bancario –que es muy técnico y complicado– recordé un pensamiento que entiendo se le atribuye a Mark Twain –era su seudónimo–, el escritor estadounidense que leí cuando niño y que encontré en el libro The Big Short, que pienso viene al caso y que comparto con usted, amigo lector (traducción más o menos libre):

“No es lo que no sabes lo que te mete en problemas. Sino lo que estás seguro que sí sabes y simplemente no es así”.

Por eso la idea de investigar sobre lo que ya sé y en todo caso, hasta quizá pueda encontrar y aprender sobre algo que ignoro. La idea de Twain (que realmente se llamaba Samuel Langhorne Clemens) creo que es algo que los que hablamos de cualquier tema con supuesto conocimiento no deberíamos de olvidar. Así, las bajas son buenas dosis, a veces dolorosas, de esa poción llamada humildad. Y sí, no sabemos todo ni podemos ver todo. Y eso que no vemos o no sabemos es una expresión del riesgo que, como no podemos evitar, hay que reducirlo al mínimo posible, o en todo caso, hacer un trato entre el rendimiento esperado y la cantidad de incertidumbre que cada uno sea capaz de tolerar.

Suerte.

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