Lejos, la recuperación de la industria mexicana

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Bien dice el dicho que una imagen dice más que mil palabras. Eso me pasó ayer con los datos de la actividad industrial de México publicados por el INEGI, que en el mes de noviembre registraron una caída anual de -1.5%. Este dato fue el sexto con signo negativo de manera consecutiva, para sumar nueve datos negativos en los pasados doce meses.

Pero al ver los datos graficados en sus distintas modalidades –datos originales, desestacionalizados y los de tendencia-ciclo– queda muy clara la condición del sector industrial de nuestra economía. Y no es que los datos numéricos a los que doy seguimiento mensualmente no hayan dado información suficiente para saber lo que ocurre, pero en mi caso, la evidencia gráfica es lo más contundente. Por su naturaleza, los datos originales e incluso los desestacionalizados suelen mostrar una imagen un tanto irregular, aunque clara.

Pero los de tendencia-ciclo no dejan duda: la caída en el ritmo de crecimiento es constante desde el tercer trimestre de 2015 y revertir esta trayectoria requerirá un tramo largo de datos positivos que como es obvio, no surgen por generación espontánea. Como sabemos, mucho de esta caída se explica por la baja del precio del petróleo iniciada en 2014 –más allá de la recuperación parcial del último año– y la disminución de la capacidad productiva de esta industria en México. Si la caída promedio de la actividad industrial en el periodo enero – noviembre de 2017 es de -0.7%, la de la minería –en donde se ubica a la actividad petrolera– es de -10%, lo que habla de la gravedad de esta situación.

Pero no solamente es el tema del petróleo lo que tiene en el estado que vemos a la industria mexicana. El sector de la construcción también aporta lo “suyito” en este mal comportamiento. De los últimos doce datos de crecimiento anual, diez han sido negativos y el promedio de la caída en 2017 es de -1.6%, en donde las obras de ingeniería civil, básicamente la obra pública, acusa una caída de -10.4%, cosa que deriva de la condición limitada de las finanzas públicas, pero también de la escasa actividad privada que normalmente va de la mano con el gasto público en este tipo de inversión.

Las finanzas públicas en débil condición también han influido en la construcción de vivienda, sector en el que muchas empresas dependen del subsidio gubernamental que se ha visto disminuido en los últimos años por los cortes que se han dado en el gasto público que a todos alcanza y que no se ve en posición de recuperarse en el corto plazo. En 2017 la edificación de vivienda no ha crecido y, de hecho, cayó ligeramente en -0.15%.

Lamentablemente, no se percibe una reacción del sector de desarrollo de vivienda –en lo general– ni algún intento de diversificación o de innovación, cosa que ocurre en contadas excepciones. En 2013 este sector sufrió un golpe fuerte cuando cambiaron las regulaciones para el desarrollo de vivienda, lo que puso a muchas empresas en “artículo mortis”, del que no han podido salir.

Por su parte, la actividad manufacturera ha conservado tasas positivas de crecimiento, aunque decrecientes. Pero sin duda haber mantenido este comportamiento, creciendo 3.2% en promedio anual durante 2017, es un buen récord. No hay que perder de vista que este subsector es el que mayor valor agregado aporta a la economía y el más vinculado al sector externo, por lo que el resultado de las negociaciones del TLCAN es vital para el desempeño futuro de esta actividad.

Ayer, el mercado accionario mexicano y el tipo de cambio peso/dólar detuvieron su caída, recobrando algo de la normalidad en su operación, más allá de la dirección de los precios. Algo que no escribí ayer es que lo visto particularmente con el tipo de cambio es una muestra de lo que podemos experimentar en los siguientes meses en términos de volatilidad, considerando que habrá declaraciones, rumores y hechos que quizá no señalen hacia una solución fácil de las negociaciones del TLCAN que nunca he pensado que serían fáciles y favorables para México, solamente.

Suerte.

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