Confianza y consumo

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Los datos de la confianza del consumidor que se publicaron ayer al mes de noviembre resultaron buenos al mostrar un crecimiento de 5.7% respecto del mismo mes del año pasado. Además, la mejoría se da en todos los elementos que componen al Índice de Confianza del Consumidor (ICC). La segunda mitad del año ha sido notoriamente diferente a la primera, ya que a partir del mes de agosto los números se volvieron positivos en todos los elementos del ICC que hasta julio acumuló 18 meses consecutivos de caída.

¿Qué cambió? Pues dado que el crecimiento se ha deteriorado, lo más identificable es que la inflación pasó del casi 3% acumulado en el primer trimestre y salvando abril y mayo, por ser meses de inflación estacionalmente baja, la inflación acumulada del periodo julio – septiembre fue de 1.4% (no cuento octubre, pues es estacionalmente alto). Asimismo, hay que considerar que el desempleo –medido con la tasa de desocupación nacional– se ha mantenido cercano a 3.5% en este año (el promedio de 2016 fue 3.9%). Y en el margen creo que la apreciación del peso mexicano también juega en este cambio de la confianza, dado que, como es sabido, es un elemento que afecta al mexicano, pues lo considera equivocadamente, un símbolo de la dignidad nacional.

Llama la atención que el dato que muestra mayor crecimiento es el que responde a la pregunta de si se considera que alguno de los miembros del hogar encuestado está en posibilidades de comprar algún bien de consumo duradero, que creció 11.9% respecto de un año atrás.

También vale hacer notar que este elemento, hasta el mes de julio pasado, había acumulado nueve meses consecutivos de tasas anuales negativas y que el promedio de caída de los primeros siete meses de este 2017 fue de -12.1%. Claro que en los datos del periodo enero – julio de este año, hay que considerar las cifras de enero y febrero: -31.6% y -15.0%, causados por el alza de precios de la gasolina y otros energéticos, combinada con la depreciación del tipo de cambio. Ambos eventos resultaron demoledores para la confianza del consumidor mexicano.

El comentario anterior vale para el ICC en su conjunto, pero el comportamiento de las posibilidades de adquirir un bien de consumo duradero me parece resulta destacable pues habla de que el consumidor nacional tiene mayor certeza de dos cosas: tener empleo y que los precios serán razonablemente estables en los meses próximos, lo que permite pensar en un horizonte de tasa de interés estable e incluso a la baja y, en consecuencia, que va a poder pagar lo que compra hoy, partiendo de la base que un bien de consumo duradero (el mobiliario de la casa, una pantalla, una lavadora, un refrigerador, etc.) se adquieren en muchos –muchísimos– casos, a crédito. Desde luego, no hay que perder de vista que la respuesta de noviembre puede estar influida por la temporada de fin de año, en la que muchos tienen ingresos extras; sin embargo, el dato de noviembre de 2016 fue de -6.4%. Como sea, el comportamiento del ICC, es una buena noticia.

Por su parte, el Indicador Mensual del Consumo Privado en el Mercado Interior (CPMI) al mes de septiembre, se ha contraído en el año, pues en promedio, en 2016 creció 4.2% y en los primeros tres trimestres de 2017 el ritmo ha caído a 3.5% en el 1er trimestre, 3.2% en el 2° y a 2.9% en el 3°. En los meses del 3er trimestre se ha visto cierta recuperación (2.7% en julio, 3.1% en agosto y 3.0% en septiembre). Desde luego, aunque con menos peso, el consumo de bienes importados ha tenido una recuperación interesante en 2017, por causa obvia –la apreciación del peso mexicano– creciendo 5.5%, mientras que el consumo de bienes y servicios de origen nacional creció 3.0%. Este comportamiento se repite en las cifras desestacionalizadas. Habrá que observarlo con cuidado, pues este agregado –el consumo interno– es el que ha mantenido el ritmo de crecimiento de los últimos años.

Sin ser en modo alguno experto en el tema, debo mencionar que la decisión de Donald Trump de mover la sede de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén aumenta la tensión en la zona de Medio Oriente, a la que si algo le sobra –además de petróleo– es tensión geopolítica. Por razones históricas, aunque la capital de Israel es Jerusalén –desde 1950– la comunidad internacional ha decidido localizar, por prudencia, su actividad diplomática en la ciudad de Tel Aviv, ya que Jerusalén es una zona que puede decirse con un estado de excepción ya que de alguna manera, sigue siendo un territorio en disputa por la presencia de las partes en conflicto (israelitas y palestinos) además de ser un centro que comparte símbolos históricos, culturales y religiosos de diversos orígenes lo que, lamentablemente, suele generar más divisiones que encuentros.

Reconocer por parte de Estados Unidos a Jerusalén como sede de su embajada resulta, además de ir en contra de un acuerdo de facto de la comunidad internacional, desequilibrante de las cosas que de sí son frágiles, a favor de Israel, para cumplir con una promesa de campaña de Donald Trump. Estados Unidos  automáticamente deja de ser un intermediario válido en los procesos de negociación en busca de la paz en la zona y alienta en cambio, el surgimiento del conflicto que, en la región, tiende a ser costosamente violento.

Suerte.

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